© Winston Morales Chavarro



Winston Morales Chavarro
XV Premio Nacional de Poesía
Universidad de Antioquia

Epígrafe

No te he dado ni rostro, ni lugar alguno que sea
propiamente tuyo, ni tampoco ningún don que
te sea particular, ¡oh Adán!, con el fin de que tu rostro,
tu lugar y tus dones seas tú
quien los desee, los conquiste
y de ese modo los poseas por ti mismo.
La naturaleza encierra a otras especies dentro de unas leyes
por mí establecidas. Pero tú, a quien nada limita, por tu propio
arbitrio, entre cuyas manos yo te he entregado, te defines a ti mismo.
Te coloqué en medio del mundo para que pudieras contemplar mejor
lo que el mundo contiene. No te he hecho ni celeste, ni terrestre, ni mortal,
ni inmortal, a fin de que tú mismo, libremente, a la manera de un buen
pintor o de un hábil escultor, remates tu propia forma.

Pico Della Mirandola
Oratio de hominis dignitate

Dedicatoria

A Amparo Chavarro Chavarro,
por sus oraciones y rogativas.

Prólogo

MEMORIAS DE ALEXANDER DE BRUCCO

La mejor poesía abunda en desencuentros; nace en medio de contradicciones y, en no pocas ocasiones, las hace más hondas, produciendo estupor y consuelo a la vez: venir a este mundo valía la pena, después de todo, si puede embellecerse tanto!. La obra de Winston Morales no huye de tal designio paradójico, pues quiere reflejar, pase lo que pase, una dulzura extrema, en medio de la implacable dureza de la vida. Sus poemas poseen un tono delicadamente sereno, pleno de luz, rarísimo en nuestros días, tan pródigos en el derroche de un escepticismo vulgar. Abordan con valentía la lucidez de entender lo vano y cándido del esfuerzo humano, pero no claudican ante la esperanzadora tozudez de un universo que sigue dándonos las mismas satisfacciones originarias, eternas, perfectas.
Este solo hecho ya es extraordinario, porque nos trae a este mismo mundo, que creíamos tan lúgubre, sorprendidos de verlo tan distinto, tan plácido, tan digno de ser gozado: un paraíso presuntamente invisible localizado aquí, en la tierra de nuestros padres, en la misma que dejaremos a los que nos sucedan. El tono festivo de Winston es suave, acompasado, colorido, como lo son los objetos que lo inspiran, incluso en medio de la desazón y de la incertidumbre. No niega la horrible mezquindad de las cosas, pero afirma su hermosura escamoteada, y se deleita en exhibirla, en destacarla, en recomponerla.
El bello relato de Alexander de Brucco irrumpe en el marco de nuestra poesía nacional con un acento tan íntimo, una dulce cantinela de buenos tiempos, y la certidumbre de que el poeta recorre confiado los laberintos de lo universal y vuelve a pisar en el terreno firme de la esperanza, aun a pesar de haber enfrentado mares de tormentas y desalientos. La incursión en el mundo sagrado de las formas elementales y los personajes arquetípicos, profetas y jefes de pueblos, patriarcas de vieja estirpe, hace que el lector oiga acompasadamente los ecos de la historia sagrada que oyó en la infancia y que los tiempos que corren no le habían permitido volver a oír.
Hay aquí muchas tenues y profundas metáforas de antaño que humanizan a Moisés y a Abraham a nuestros ojos y le dan a Ruth y a Job las condiciones palpables que se requieren para comprenderlos y acercarlos a nuestras rutinarias vidas. La experiencias de lo sublime no es ajena a este conjunto de poemas luminosos y precisos, en los que cantan también los ecos de Schuaima y Aniquirona, sin dejar de vibrar emocionadamente también con algunos de los elementos esenciales de la poesía más clásica y cantarina del Siglo de oro.
También estos poemas se apropian de una personalidad poética avasallante que, como en los demás libros del autor, crea un mundo y defiende los rasgos de ese mundo, pasando por todos los matices del negro y del gris, hasta lograr la textura blanquísima, los giros sublimes, religiosos, místicos, que distinguen a los grandes poetas. En Colombia, un país sin duda difícil, hay poesía de gran altura, y esta es la prueba.

Enrique Serrano

I

A EVA EN EL DESTIERRO

Qué hermosa es Eva
qué hermosa la serpiente que le rodea
el árbol que crece en su talle
el fruto carnoso que despliegan sus labios
al posar sobre la ocarina
su música en las orillas del bosque.
Qué hermoso su cabello
-grajillas oscuras que caen sobre sus hombros perfumados-
su nariz que respira otros mundos
y crea para tantos laberintos
el azahar y las guirnaldas que los sustituya.
Qué hermosa es Eva
qué hermosos sus tobillos
las huellas que dibuja sobre la arena
para marcar el camino hacia la luz y hacia las sombras.
Qué hermosos los hijos que le ha arrojado al mundo
el río que desciende por las colinas de su vientre
el volcán de sus ojos de fuego.
Qué hermosa esta costilla pensante
este polvo sagrado
esta caña aromática
que guarda en sus pechos fragantes
otra manzana para las épocas de lluvia.

II

CANCIÓN DE EVA A ADÁN

(Para mitigar el viaje)

Cuán hermoso es el barro que se levantó de otras orillas
y se formó como un pájaro en el bosque
hasta cantar la diadema de los ríos.
Cuán bello su orgullo de hoja seca
que se doblega como un faro
al contacto inmisericorde de la espada.
Cuán bello es el hombre que bautizó a los animales de la selva,
puso nombre a los ríos de la muerte
y le canta al Chatak de los lejanos pinos
para que descienda el agua de la acequia
sobre las viñas y los olivares de las sombras.
Cuán hermoso es Adán
innumerables son los hijos que le ha arrojado al mundo,
innumerables las manzanas que lleva bajo el brazo,
innumerables los ríos que ha sobre-nadado
e innumerables las colinas y las arenas recorridas
en su último destierro.
Cuán hermoso es el pájaro del Génesis:
su boca tiene la medida exacta de los frutos del Apocalipsis
y sus ojos las visiones premonitorias
de todos los calvarios:
las hojas afiladas y serradas
de sus próximos destierros.
Cuán hermoso es Adán
cuán magna su sabiduría de la muerte
su tortuoso caminar por los recovecos de esta Terra.
Cuán hermoso el paradigma del sepulcro,
sus costillas, sus cabellos, sus ojos, sus pestañas,
sus manos de extranjero
en los confines de otro continente.
Cuán hermoso es Adán
esta noche me entregaré de nuevo a sus mieses, a sus frutas,
a su siega.
Como quien va de los precipicios de las sombras
al vórtice inigualable de otro paraíso,
me entregaré de nuevo a él
como la última manzana,
como la última mujer que puebla sobre el mundo.

III

CAÍN

Mi quinto nombre es Caín
soy la reencarnación del polvo
el hermano mayor de los caballos marinos
el barro que echó raíces
hasta volverse un hombre
un río de poemas y arboladuras.
Soy agricultor
cultivo pájaros y frutas
he vivido la mayor parte del destierro en Nod
al oriente del Edén
en donde el árbol prohibido
se extiende hacia los caminos olorosos que ahora circundo.
Soy Caín
hermano de Abel
hermano de las hojas secas,
del viento, de los pinos de Alepo,
de Set, del exilio y de las largas caminatas por la arena.
Gracias a la quijada de un burro
conozco la voz de las orillas,
el crepitar de la lluvia sobre los mundos subterráneos
el silbido orquestal de las esferas,
las regiones desérticas del cosmos,
el palpitar angustiado del Mar Muerto.
Soy hijo de una multiplicación de huesos,
de Adamá, de la luz,
del manantial prístino que manó de las manos de mi padre.
Cosecho peces, madreselvas, aves mitológicas,
la belleza de la divina providencia
en donde yo,
labrador de las palabras,
soy la parte onírica de las cosas.
Mi quinto nombre es Caín
soy un barco de polvo
uno de los primeros nómadas verdes;
de mí descienden Enoc, Irad, Metusael, Lamec
y todos los hombres que tocan el arpa y la flauta.
No creo en los señalamientos, en las culpas,
tampoco en el azar
las cosas están escritas, prefijadas,
soy agricultor
y aunque a mi padre azul no le gusten mis cosechas
hoy,
después de tanto tiempo,
vengo a ofrendarle mis poemas.

IV

ABEL

Caín
hermano de vientos, nubes, diluvios y ríos
un mar de luces opalinas gravita en los guáimaros de la ciénaga
y se aglutina en mi espejo
como un prisma que nos dice:
la muerte es una puerta
y el tiempo una ventana
por donde nuestros pasos presurosos
perciben otras cosas, otros mundos.
Bello Caín
la quijada de burro con la cual me mataste
tenía el olor de las encinas y los pinos,
de tus labios venían hasta mi norte
unos chopos amarillos
que enhilaban mis pétalos melancólicos
en el hilo de la muerte.
Hermano profanado por los cielos
el dolor de tu hacha cavernoso
penetraba mi topografía más remota
mi geografía y mi valle más sagrado.
Ante el golpe subceleste
que yo he encontrado sutil y generoso
y que tú asestaste con una sabiduría infinita
yazgo en la orilla de tu río, pensativo.
Oh, amado Caín
tus huellas de madreselva
van decorando mis entrañas,
van vistiendo de semillas, de hiedras y resinas olorosas
mi cuerpo fatigado por los viajes.
Mi sudor se impregnaba de tus frutas;
tus piñas, toronjas y zapotes
decoraban mi cabeza
con coronas tejidas por cientos de cuchillos.
Nada soy sin tu golpe
herrero milenario;
tus manos son el yunque
que moldean, a la sombra de estas islas misteriosas,
la herradura, los cristales y los cuarzos
de otras Islas en el hado de la muerte.
Caín
hermano de mis antepasados
hay en ti un pretexto para silenciar la historia
como si la memoria de las dagas
no aceptaran la muerte de Goliat
como una templanza de David,
mi muerte es una templanza tuya.
Amado Caín
por tu golpe y tu palabra
he conocido el paraíso.

V

NOE

Me llamo Noé
soy hijo de Lamec
y descendiente de la lluvia
soy hijo de esta ascensión de los seres al fuego
creo en el origen de las cosas
en la evolución
en la muerte como amanecer
y en la vida como pretexto de la muerte.
Me llamo Noé
no tengo arca
ni siquiera un bote con remos
no he sufrido ningún tipo de diluvio
no he soportado el peso de la elección divina
pero igual que el poeta de mi vida antepasada
he navegado todos los ríos
todas las aguas
en busca del puente inteligible
que me conduzca a Schuaima
y al manantial sereno de todas las esencias.
Soy Noé
y formo parte de las tribus del camino
toda especie de animal me pertenece
declaro como mías
esa constelación de plumas que cruzan el Atlántico
ese cielo de fósforos volátiles
que besan a las estrellas en la hora nona.
Soy nieto de Matusalén
y me apropio a voluntad
de los cisnes
de los peces y los pájaros
de las piedras y los riscos,
de los árboles.
Aunque no conozco en su totalidad el cosmos
llevo en mis manos
el mapa de los pueblos
por donde camino, navego, vuelo
canto y elevo mi sueño
a otro minuto de ser
a otra corriente de río
a esperar a la niñez
-húmeda niñez, lluvia original-
que viene de la arena
a restituirme
a fortificarme
a transformarme
en otro diluvio
y en otro tiempo de sequía.

VI

ABRAHAM

Ahora que he saltado del barro a la vida
ahora que soy polvo, hojas secas, velámenes y flores
me llaman Abraham.
Una voz y brisa de Kithara
me condujo por los caminos olorosos de Siquem.
Soy Abraham
dejé mi tierra, mis parientes y la casa de mis padres
soy dueño de todo lo que alcanza a visualizar mi pluma:
los campos, las pirámides, las altas torres de trigo,
el agua de los cántaros
la mujer que entreabre sus contornos
a las gotas gentiles de la lluvia.
Soy Abraham
no conozco de grandes plagas;
apenas sé de los estorninos,
de los tábanos y abetos,
del albatros que se endurece como un barco
y ondea sus plumajes y sus remos
por las aguas cenicientas del Mar Muerto.
Me llaman Abraham
formo parte de una gran nación;
una nación que llueve y canta,
salta hacia las arenas tórridas de Schuaima
cuando el sol como agua
humedece la piel reseca de los castaños
y los labios virginales de todas las doncellas del Eufrates.
Soy Abraham
mi nación es infinita y libre
no colinda con nada
no está demarcada por idiomas o banderas
ni siquiera por el lenguaje de las hojas.
Desde el lugar donde esté
toda la Tierra me pertenece.
Que griten de alegría los árboles del bosque
que los ríos con sus aguas proclamen estas tierras.
Yo me levanto como el viento a las alturas
y arropo con mis manos revestidas por la lluvia
las arenas desérticas de Canaán, de Ur, de Harán, de Betel,
de Hay, de Zoar y de Egipto.
En esta cumbre de flores y resinas frescas
abriremos la encina sagrada de las premoniciones,
la limpiaremos,
la acondicionaremos para infinidad de cosas,
esta será nuestra casa, nuestra Terra
la nación que carecerá de norte
el país que nos llamará a gritos
para que lo habitemos.

VII

LOT

Sodoma
por tus tierras descienden cenizas
tristes las liras de tus valles
que no saben otra cosa que el silencio.
¿Adónde se fueron tus redes oceánicas,
el olor a brea de tus barcos
y tus toneles rebosantes de vino?
¿Acaso no había en tus vísceras
diez hombres que te salvaran?
Por amor a los diez
la lluvia de azufre y fuego
sería maná sagrado
o una manifestación de peces y de pájaros.
Gomorra
¿qué era ese humo que subía a las estrellas
como el vaho de un horno?
¿Qué era esa columna de nube y polvo
de la cual manaban piedras y fuego?
¿Qué vieron los ojos
que antes de ser sal fueron luz?
Levántate de tus cenizas
como el ave que remonta vuelo a las alturas,
levántate que las estatuas de sal
ya han despertado del sueño,
levántate Fénix de los escombros
y busca tu nuevo nido
donde incubar a los hombres;
que entre tus patas
el fuego arroje a las playas de Saidam
polluelos montados al viento
que hablen de las cosas inanimadas y vistas.
Sodoma y Gomorra
¿qué había más allá de la sal, de Zoar y los valles?
Que la brisa Maarabit traiga tus palabras.
Yo soy Lot
el hombre que corrió a las montañas
el padre de los moabitas y amonitas,
el hombre que se sentaba a las puertas de Sodoma
a mirar pasar el viento,
las caravanas, los nómadas verdes, los ríos,
el milano que insistía en navegar a las alturas;
el varón que hoy,
después de este silencio milenario,
cambia todas las tierras:
Zoar, Moab, Néguev, Gerar, Shur,
Cades y Séforis
por mirar hacia atrás,
por quedarse en el valle como gigante de piedra
con el espejo y la imagen
que sólo conocen la sal y la muerte
y los que tuvieron la osadía de mirarte a la cara.

VIII

JACOB

He descubierto a la sombra de la escala,
que el número del hombre
continúa siendo, inclusive hasta la muerte,
el número desigual de la escalera.
Que mi lucha banal con las alturas
me arroja hacia el fuego, hacia el agua, hacia el aire;
hacia el rojo, hacia el azul, al amarillo
y que a través de mi visión por la escalada,
no existe el arriba, la izquierda, el abajo, la derecha,
el horizonte.
¡Escuchen!
Cambio mi primogenitura, mi herencia, mi camino
por un peldaño hacia las sombras;
cambio mi batalla con el ángel
por un pequeño surco,
por la siega,
por el viejo campanario que se dobla como muchacha triste
cambio toda disposición de altura
-ahora ni siquiera mi espíritu es del aire-
por aferrarme a un centímetro de tierra.
El trueno, la lluvia, el viento, la roca
regatean a costillas de mi enfado
una hectárea de velámenes y olores.
No sé si fue Auriel, Rafael o un fantasma
no sé si fueron Ondinas, Sílfides o Gnomos;
tal vez me enfrenté al reflejo vibratorio de mi imagen,
al movimiento mezclado de mis formas:
al águila, al león, al toro,
al pisón, al gihón, al hiddikel, al nilo;
tal vez al sepulcro, a las sombras,
al espectro imposible que me habita,
a la blasfemia de saberme casi humano.

IX

EL LIBRO DE JOSÉ

Soy el prestidigitador
el hombre que traduce la voz de los espejos.
El sol, la luna y las estrellas,
tal como me lo reveló la nave tortuosa de los sueños,
me iluminarán hasta el final de las jornadas.
Luego de sesgada la parvada de los astros
-que bajan cantando sus templanzas por los recovecos de la tierra-
se posará ante mí
un séquito de sombras
que me traducirán el advenimiento de otros mundos.
Soy el prestidigitador,
el patriarca hebreo al que le encomendaron la cifra de los ríos,
soy nieto de Isaac e hijo de Jacob;
me ha sido dado develar
el velo de la noche,
el agua de la altura y sus antorchas,
el vuelo sombrío de la muerte.
Soy José
interpretador de sueños:
los collares del tiempo
se extienden a mi espacio
y arremolinan mis diagramas
como un fantasma que le huye
a las alas impalpables del sepulcro.
En la luna de las hojas cayentes
-la luna del pasto rojo-,
vendrán a mí
los juegos de las nubes,
y las imágenes del cielo
como un gigantesco himno
abrirán los pórticos del mundo
para afinar los caballos del Apocalipsis.
Soy el prestidigitador
me ha sido dado develar
los sueños del copero y sus alforjas
del amasador de harina y sus viandas
del mago y sus últimos calvarios por la tierra:
tendré delante mío
la vid con sus sarmientos,
los canastillos de pan
que pronosticarán la muerte,
las siete vacas del Faraón
pasando por las riberas del Nilo solitario.
El centeno ondulado por las alegres ruecas
me contará la angustia en la que se encuentra
una muchacha loca como el aire
en las impresiones del vuelo, el agua, los sueños, las orillas.
Soy el prestidigitador
si me muestran sus manos,
habrán conocido las aflicciones en las que se encuentran sumidos
los fantasmas de otras tierras.

X

MOISÉS

Porque no hay nada que perezca
ante la luz de las palabras
ni hay sabio mar
o fuerte río
que se exalte a mi cayado
hoy con el espíritu del verbo
divido el mar en dos
separo los ríos
abro el lago o cualquier fuente rizada
de viento o música
y los convierto en tierra seca
para labranza o puente.
Ábrete Mar Muerto
que conmigo vienen
todas las tribus de Sucot, de Etam, de Migdol,
de Moab y de Edom.
Ábrete gigante de sal y piedra
que por tus vísceras
circundan los niños,
las mujeres con sus bocas pobladas de gladiolos y mirtos
para hermosear la nueva tierra que nos llama.
Ábrete Mar Muerto
que entre tus murallas de agua
viene corriendo la vida
el Edén, el destierro, el arca,
Sodoma y Gomorra,
la brisa del este
apoltronada de voces
de cuerpos apócrifos.
Ábrete piélago muerto
porque de tus entrañas
manarán egipcios, israelitas, amorreos, hititas,
heveos y cananeos
condenados al canto de la lluvia y el viento
y sobre tus aguas amargas
echaremos el arbusto que te vuelva dulce;
dulce como el kithara y el tricordom
para la boca sedienta y sabia.
Yo soy Moisés
el hijo del agua
el amo de los arrecifes y los peñascos
ábrete Mar Muerto
que así como a tu hermano,
el Mar Rojo,
cruzaré tus aguas con mis arcas, mis diluvios
caballos y jinetes
hacia la nueva tierra,
y la leche y la miel
correrán por tu sangre tórrida
y lloverá sobre ti
el maná que te vuelva a la vida eterna.

XI

LA ELEGIA DE SANSÓN

Como una nube de fuego
en busca de la masa de sus propias luces
así vino Dalila a mí;
como un canto, como un grito,
como un eco inmortal y tembloroso,
izado en el infinito de mis cabellos hercúleos.
Como una flecha, como un dardo, como una espada;
besó el viento, cruzó la muerte, sesgó los trigos
y llegó a mí con la fragancia de las viñas y los olivares
a doblegar con sus encantos de abigarrados colores:
los enigmas de las noches,
los misterios de las mieses,
el fuego inclemente de las reposas
en las puertas y cerrojos de los filisteos.
Llegó a mí del valle de Sorec
con un enjambre de abejas en la boca de los leones
¿Qué podía ser más devorador que ella
y al mismo tiempo más dulce que ella?
Como una nube de fuego
surcando la nave poderosa de los sueños
así vino Dalila a mí
a entretejer mis siete trenzas de cabellos
a revolver mis pujanzas en un clavo
a hincar mis cóleras en la tierra.
Llegó Dalila a mí
a desnudar la enramada de mis contemplaciones
el eco de mis sobresaltos.
Su puñal de salvajina penetró las cimas de la inmovilidad,
del enigma, del secreto
extrayendo de las propias órbitas de mis labios
la forma de conducirme hacia la muerte
de volverme pasajero de su propia muerte
¿Qué podía ser más devorador que ella
y al mismo tiempo más dulce que ella?

XII

CANCIÓN A RUTH

(La moabita)

Como una roca sobre la roca
como una espada sobre la espada,
hay una fragua en toda Moab
que centellea con el filo frío de la muerte.
Un fuelle que ondea
entre las hojas crispadas del acero
y cuyo fuego
retumba en medio del mar de Galilea.
Una joven inflamada
como las altas horas de la noche
cuyo paso por las escalinatas del gran templo
detiene la visión de príncipes y verdugos
de herreros y sacerdotes.
Como una piedra sobre la roca
como un puñal sobre la espada
la hija de Abinoh
demarca con sus senos
las fértiles planicies del río Rogitama
y una vez venida de la muerte
ha traído al mundo
la perennidad del fuego
la música perpetua de las fraguas
la tonalidad imperecedera de los yunques.
Bajo el golpe de los martillos
no hay otro más violento
que el producido por la muerte,
bajo el sonido del acero
no hay otro más secreto
que el entonado por las sombras
y esta mujer, llamada Ruth,
-inquebrantable como los cuchillos de la noche-
conoce las estrellas del gran Ébano
el vapor del ininteligible caos,
los cerrojos y la cólera del sepulcro.
Como una roca sobre el océano del Hades
como una espada sobre el territorio de Proserpina,
la hija de Abinoh
ha circulado por los últimos caminos
como una paloma sobre su primer diluvio,
como la imagen del ancho espejo de la muerte
sobre el brazo desnudo de una espada;
y sus manos llevan piedras para el hambre
y sus ojos continúan con el fulgor de las estrellas
y sus cabellos llamean como el mito del Apocalipsis;
instaurando y restaurando
la próxima venida de Majalón
sobre las lindes de otro paraíso.

XIII

LA PASIÓN SEGÚN DAVID

Oh, Betsabé
-canto de corales y náyades de musgo-
quiero alabar tu desnudez
como un crisol alaba de la luz
la porción de los aceites
y las gomorresinas del espejo.
Quiero alabar tus cabellos de estrella milenaria
y poner ante tu talle y tu pliegue de paloma
todos los territorios de Sión, de Judá, de Israel,
de Betfagé y de Séforis.
Quiero homenajear tus labios,
tus rodillas de sinagoga
tus pechos balsámicos
en donde convergen
los vivos y los muertos
para levantar en medio de tantas religiones
las teorías sobre los orígenes de la tierra.
Betsabé
quiero homenajear en nombre tuyo
a Saúl y a Jonathan ,
a Schuaima y Aniquirona,
quiero festejar en nombre tuyo
todos los silencios de la luna,
celebrar en nombre tuyo
todos los rumores de la acequia,
cantar en nombre tuyo
todos los himnos de la noche.
Los salmos que no he escrito todavía
el hermetismo de los evangelistas románticos
y todos los lenguajes de estos precipicios
destilarán tu nombre, tu aroma y tus palabras
bella estatua del santuario
para enaltecer la memoria del hijo fallecido
y regocijar a Salomón
victorioso en medio de la sombra y sus espejos.
Betsabé
-beso del hitita-
mi amor no acarreará otro destino
que la muerte de Urías en el campo de batalla,
mi beso no provocará otro sonido
que la deshonra de Tamar por los desiertos,
mi abrazo no contendrá otro principio
que la rasgadura violenta de mis ropas,
y mi tacto,
sobre tus rodillas desarmadas,
la rebelión de Absalón contra su propia alfanje.
Ven amada Betsabé
sin embargo en esta noche,
-luego del amor-
ningún castigo cobrará el valor
que tú y yo nos merecemos
en la candidez del abrazo de otra muerte.

XIV

EL CARRO DE ELÍAS

“Me arrepiento de haberme
tomado tanto trabajo en
destruir la ignorancia”.
Roger Bacon.


Inmolo mis poemas para que sobrevivan a la muerte
y las piezas fugitivas de la hoguera
llamean en el borde de la espada como el carro iluminado del profeta.
Elías es su nombre:
viaja en puño de acero, humo y fuego
bruñido el carruaje en su singular espejo
a través del mar y sus orillas.
Elías es su nombre
en dirección ascendente hacia el abismo
-de donde proviene-
el hombre desaparece como una ola,
se doblega como una rama sobre su última esquina,
como un cuchillo sobre su piedra de afilar.
Donde mora un nebuloso ser llamado Dios
Elías irrumpe con su música secreta,
y el universo de expande ante la tonalidad
-constante y simultánea-
de un carro de fuego
montado por un hombre.
Elías es su nombre
nadie sabe su lugar de origen
el sitio exacto por donde dejó la tierra
llegado al punto de lo absoluto y verdadero
todos dicen que fue agarrado también de los cabellos
y obligado a abandonar el mundo de los muertos.
Elías sigue siendo su nombre
así se aparezca en la cima de una extrañísima montaña
transfigurado por la luz
y las emanaciones de otra muerte.
Elías es su nombre
posee el poder de llegar a los lejanos velos
y sacar del flujo magnético del cosmos
el oro, el cinabrio, la sangre, las palabras.
Del mismo modo del que se sirvió
del cáliz y del vino
para llevar su espíritu al mar de las ilimitadas olas
así Elías emprenderá su viaje
por lo manifiesto, por el mundo
hacia un paradigma eterno
-sin duración o calidad-
para despertar a través de la sustancia
en los recovecos de otra blanquísima colina.

XV

CARTA DE JOB

(A los desposeídos)

Despertar y empezar a ser el sueño,
empezar a ser
esas águilas nocturnas
que montan sobre el viento
de cachingos perfumados
sobre las tibias cavilaciones de Betfagè.
Empezar y despertar
a transformaciones extrañas.
despertar y comprender la muerte,
la elasticidad de sus tinieblas,
su luz de icono
sobre el tapiz mediterráneo de los sueños.
Despertar a la lepra,
al hambre, a los cansancios
abrir los ojos a la vida.
Caminar por las arenas desérticas de Egipto
comprender el salitre de los astros,
el viaje hacia la tierra prometida,
los anchos olores de la muerte.
No pensar, no dudar,
creer en la cruz y en sus palabras
no reflexionar la cercanía del olvido
no cuestionar el equipaje de los muertos.
Empezar a ser resurrección,
pervivencia;
ser de nuevo Job:
el hijo más querido de la carne
el bienamado hijo de la noche.
Despertar y empezar a ser el sueño
-sin evitarlo me persiguen las fuerzas del sepulcro
inevitable
me encandilan sus hedores,
inevitable me pueblan sus fantasmas
sus voces, sus ecos, sus hambres,
inevitable soy un hombre, pudiendo ser un santo,
y las negaciones del Apóstol
reivindican mis trayectos-.
Despertar y empezar a ser el sueño,
la muerte:
empezar a ser.

XVI

LOS VIAJES DE EZEQUIEL

Entre trompetas feéricas
-altas trombas que viajan por el éter-
tuvo sus visiones Ezequiel.
Arabescos timbrados en el aire
le advirtieron de las cosas
que buenamente ocurrirían
a través de las ranuras de la noche.
Y vio Ezequiel todo lo que acontecería en un futuro:
cómo estaría de cambiante todo,
cómo el caballo del Apocalipsis
transitaría por las hordas del desierto
hasta arrasar con los campanarios de la iglesia.
El remolino de bronce y fuego
en el cual se movilizaba
lo transportó por la antigua tierra de Judá ,
también por los tiempos
posteriores a su carne;
tiempo de la guillotina
que se descuelga de los territorios de Proserpina
masacrando el cráneo del revólver,
del cuchillo, de la honda.
Y vio Ezequiel a través de las órbitas del cielo
las huestes de los pueblos levantándose,
desmoronándose como castillos de naipes,
como una soldadesca de plomo
en las orillas de las llamas.
Y escuchó Ezequiel los quejidos de la tierra
los timbales de los cuarzos en lo profundo del espejo.
E interpretó Ezequiel,
cómo avanzaba todo,
cómo se movilizaban las grandes guarniciones de la guerra,
los ejércitos del hambre
los números del desalmado en las inscripciones de las altas cordilleras.
Y sintió Ezequiel,
otra mañana,
otro sueño rodando por la casa del durmiente,
otro sol, otra sombra
otro Ezequiel observándose a sí mismo.

XVII

CARTA DE LOS FARISEOS
A JESÚS DE NAZARET


Niño de Belén
tú que vienes de las pesebreras,
de ese silencio absoluto
donde la sabiduría se puebla
de viento, de río, de calambrinas olorosas
e invade de lluvia
al aliso, al cajeto, al siete cueros de la montaña
enséñanos a conjugar la belleza.
Tú que eres viajero de otras épocas
-distantes a las nuestras-
enséñanos a bautizar las encinas del bosque,
a respirar el silencio
a orillas de la Quebrada del Muerto.
Niño de las grutas subterráneas
de Zoar y los caminos,
tú que conoces el vaivén de las hojas
que atraes la revolución de los peces,
que vas hasta lo arduo del valle
a dejar tus pisadas de lluvia
sobre las tierras infértiles del Monte Nebo,
danos esa sabia forma de mirar el mundo
el silencio sagrado que atiza nuestro pecho
para reconocer en las piedras
la amalgama de los mármoles y los diamantes
y el gozo de las inescrutables semillas
que caen como navíos de viento
al piélago desnudo del Rogitama.
Somos los fariseos del templo
y nada nos consuela tanto
como el sonido del metal en nuestras prendas,
danos la posibilidad de levantar en tres días la casa,
de restituir nuestros cuerpos apócrifos.
Con tus azotes de salvajina y madreselva
haremos un nudillo de escamas
para nuestras almas saduceas
y remontaremos el vuelo como frailecillos copetudos
hacia la inmortalidad que tú meditas.
Allá lejos
no habrá más ofrenda que la contemplación de los cuatro metales
y un candelabro de cobre
dará luz a nuestros ojos;
un cielo bramante de estrellas
esparcirá sus imanes
y no habrá cenit, ni crepúsculo, ni nadir,
sólo una nada absoluta
que sólo conocen los hombres de las estrellas
y que tú,
Niño de las premoniciones más remotas,
de las verdades inverosímiles más lejanas
has escrito con tu sangre de ciprés,
has dictado con tu canto de azor
y tu mirar diluido en la hoguera de las sienes
cansadas por las piedras.
Haznos libres huidizo niño de Belén
que las borrascas del templo sagrado
han hecho de estos fariseos
un cúmulo de huesos erráticos.

XVIII

PAPIRO ESCRITO A ORILLAS
DEL MAR DE GALILEA


Yo no escribo para complacer a los hombres de la tierra
mi propósito en la vida
consiste en escanciar
la ruta de los otros
y hacer menos difícil el camino
en el vasto principado de las sombras.
Yo no vine a este planeta
a complacer a los hombres de los cielos
mi reino no es de este mundo
ni del otro tampoco:
la tierra a la Terra
la ceniza a la ceniza
y el espíritu a la luz,
Esa es la trilogía más perfecta.
Como una lámpara rapsódica de conocimientos
sé cosas tan pequeñas
como la resurrección de los muertos,
el libre albedrío
de multiplicar panes y peces;
cosas tan complejas
como lavar los pies a mis amigos,
quitar la lepra, sanar enfermos;
y lo que es peor para escribas y saduceos
contemplar por horas,
la belleza sugerente de los astros.
Yo no vine a estas estrellas
a complacer a los hombres del infierno.
Nada me conmueve tanto
como el hombre por el hombre,
la quietud de los mercaderes de Sajonia,
el tenue batir de pescadores,
sus redes oceánicas
sobre las vastas cavilaciones del mar de Galilea.
Nada me consuela tanto
como la absoluta belleza:
el ronroneo de la noche,
el canto de los ríos,
la polifonía de la lluvia
bajo el rumor soterrado de las piedras.
Yo no escribo para complacer a los hombres de la tierra,
-y no creo que todo esté perdido-:
aún escucho la oración de las cebollas
y sé que el universo es joven todavía;
escucho el pájaro del aire
que golpea con su música delgada
los techos de Getsemaní y Jericó,
y sé que su voz traerá buenas nuevas para el alma.
Haré de este lugar
un paraíso para todos,
construiré para mis hijos
un mundo que esté vigente
en los planos absolutos de la nada,
un reino que exista para todos
y que ofrezca a sus viandantes
un tibio leño donde reposar
la perennidad de las hogueras,
la música infinita de la muerte,
los sortilegios fantásticos de la vida.

XIX

LÁZARO

A Jader Rivera Monje.

Ahora que soy tantas cosas al tiempo
ahora que asumo mis vidas pretéritas
y las lanzo a la carne o al barro
para que se vuelvan poemas
o pequeñas hojas que se enfrenten
al aire rizado del Zaire
me llaman Lázaro.
Soy Lázaro
el hijo de Betania
el hermano de Martha y de María
he conocido la muerte
su río de rosas, gladiolos, violetas, mirtos y lirios
que he transitado, navegado y respirado
en los cuatro días que duró
esa odisea por el mundo fascinante de las sombras.
Soy Lázaro
tengo setenta nombres
música, viento, pájaro, buey, lluvia
son algunos de ellos
creo en la resurrección
en la pervivencia
en el soplo cálido que trasciende
más allá de estas tribus.
Me he levantado del barro nueve veces
y ahora
soy el polvo que no vuelve al polvo.
Mis manos y pies
todavía están atados con envolturas de entierro
pero también es cierto
que bajo mi cuerpo crece la hierba
circundan el gusano, el ciempiés, las calambrinas olorosas,
la gaviota que remonta su vuelo
en busca de otras corrientes de aire.
Soy Lázaro
habitante de Betania
amigo de las sinagogas
de Canaám, de Cafarnaum, de Nazaret, de Galilea
y de otras tierras lejanas
cuyos nombres no entenderían
tengo el rostro cubierto con un paño
pero cada vez que me levanto a la vida
cada vez que una mariposa
me recuerda que he nacido de nuevo
el paño va cediendo paso
a otras estrellas, a otras luces, a nuevas especies de animales,
a otros caminos.
Soy Lázaro
y en este viaje al final de la vida
me sentaré sobre otra roca
a hilar el cordón sagrado
el pedazo de río
que me devuelva a otra corriente
en donde todas las voces clamen,
todos los músicos canten,
todas las lluvias digan:
“¡Lázaro, levántate!”

XX

CARTA DE UN ESCRIBA
A MAGDALENA


Yo no sé de dobleces de campanas
de sanear o purificar sepulcros
pero un torbellino de hojas secas me conduce hacia tu vientre
y alguna parte de esa música secreta
que tú reinventas y traduces.
Yo no sé de multiplicación de pájaros y peces
ni siquiera escanciar las ánforas de vino
pero busco tu cuerpo Magdalena
como si fuera ese santuario
donde redimir mis carnes y mis velas
agobiadas por los golpes de las sombras.
Yo no sé de resurrecciones
-acaso mi carne no soporte tantas instancias-
no se perdonar las querellas con el polvo
pronosticar las épocas de lluvia
pero estoy seguro Magdalena
que mi amor te reivindica de las culpas
y talla en tu ofertorio
una parvada de pájaros azules
donde sopesar tus deudas y tus vinos.
Yo no sé de estrellas y ovellones
de esferas cuyo fin esté más allá del cosmos,
pero mi conocimiento en tu cabello
quiebra los mapas
y mis manos no poseen otro lenguaje
que el mismo que tú diagramas
en el río de la muerte.
Desde las selvas sirias
hasta el mar occidental,
desde el monte Nebo
hasta el río Rogitama
irá mi ancho y dulce amor, bella Magdalena,
revestido de luz para tus hombros
y un collar de caracolas
hará tejido con peces de distintas geografías
para adornar tu pubis
y tus cabellos crispados por los astros.
Yo no sé de oratorias y viejas enseñanzas
mi lenguaje no supera los silencios de la tierra
pero acaso me domina la palabra
y un Te Amo
no sea otra respuesta
que el peso enamorado de esta cruz.

XXI

CORO DE GENTILES
EN LAS AFUERAS
DE BELÉN


¿Quién es éste que viene en un pollino
como si el asna con su crío
fuera el mejor de los santuarios?
¿Quién es éste que solía gravitar sobre las aguas
desafiaba la luz y sus orillas
y ahora camina sosegado
sobre las anchas hojas del yarumo?
¿Quién es éste que entra en Rogitama como el mejor de los monarcas
conoce los territorios de las sombras,
los precipicios de la muerte
como las palmas de la mano y sus líneas?
Este es el danzante de las músicas del cosmos
la luz que multiplica los peces de los ríos,
el fuego que llamea en los postigos del sueño.
Cuando sus manos danzan es la lluvia la que danza
cuando sus ropas brillan es la luz de otras orillas
cuando su neuma emana es el sol y las estrellas las que emanan.
¿Quién es éste que despacha con su voz de agua pura
a todos los vendedores del templo
y redime a la ramera
como al más noble de los frutos?
¿Quién es éste que una vez crucificado
se levanta del sepulcro
llena sus manos de semillas y corales
y parte con sus trajes
por los recovecos de las sombras?
¿Quién es éste que multiplicará de nuevo el viaje
remontará sus pasos por el mundo
y vendrá a redimirnos?
Este es el profeta de las sinagogas
el amo de los árboles del bosque
el padre de todas las esferas
el conocedor de todas las orillas.
Cuando su voz canta es la voz del trueno,
cuando sus labios hablan es la lengua de la lluvia,
cuando sus ojos miran son las luminarias las que miran.
¿Quién es éste que conoce los lenguajes de la Tierra
habla el idioma de los grillos
y traduce la voz de las quebradas?
¿Quién es éste que ama a todas las mujeres
resucita a los hijos de las sombras
y da la música al sordo
y el camino al paralítico?
¿Quién es éste que una vez izado en el madero
divide al humano del humano
al hombre de los hombres
y marca el mapa del sepulcro
para que las luces que se enciendan
conozcan el camino?
Este es el hijo de las selvas;
cualquier sonido que emane de su boca
se multiplicará setenta veces siete
en la boca de otros pobladores
cualquier milagro que fluya de su vida
nos nutrirá en la espera de otras muertes,
cualquier intento de escalada
será la brújula a la luz
la veleta que anuncie otros caminos.
¿Quién es éste
que una vez desnudo
resplandecía como el trigo,
como el ágora, como el espejo?
¿Quién es éste que herido y flagelado
era capaz de sonreír
mostrar su gracia a los planetas
y resucitar en medio de las malas premoniciones?
Este es el hijo de la noche;
una sola palabra suya
bastará para minimizar la especie
una sola palabra suya
multiplicará el poema
una sola palabra suya
será nuestro retorno.

XXII

PAPIRO A LAS HERMANAS
DE LÁZARO


Paseaban en las mañanas por los monasterios de Betfagé.
Las veía con los párpados apagados
por el insomnio que me causaba
la oscuridad de sus cuerpos.
Sabía la hora de su tránsito
sabía que desfilaban desnudas por las escalinatas del bosque
antes del amanecer
y el rumor descollante de los planetas.
Eran Marta y María
hermanas de Lázaro,
eran como dos gotas de lluvia
sobre las arenas desérticas de Caparnaum,
como el pétalo del crepúsculo
sobre las noches brumosas de Tiberíades.
A pesar de la segunda resurrección de la carne
seguían pensando en levantar en tres días la casa,
en resucitar al Betanio
para contagiar de belleza a los escribas del templo.
Aun tras la muerte del Nazareno, permanecían bellas
bellas hasta la saciedad de los últimos caminos.
lo único que las diferenciaba
era el aroma inescrutable de sus ropas
el color de sus labios
Retocados por la espesura del bosque.
PASEABAn en las mañanas por los monasterios de Betfagé.
En su vorágine vegetal por las riberas del río
desfilaban desnudas igual que gladiolos, cajetos o sauces llorones
en su travesía hacia las lámparas encendidas de las tinieblas.
Ni el azulejo, ni las chicoras, ni los cafhíes
provocaban en mí, tantas cosas hermosas
como el sonido de sus voces
en el traspatio de aquellas casas lejanas.
Eran insoportablemente hermosas
lozanas, pensativas
altas como los abetos de las sinagogas
en donde remontaban sus canciones
y sus oraciones de vírgenes distantes.
Mientras un pecador como yo
padecía sus encierros, soportaba sus angustias
y enfrentaba su calvario
ellas ingenuas
doblemente ingenuas
triplemente hermosas
cantaban el desprecio hacia los hombres de la tierra.

XXIII

EPÍSTOLA A LA TRAICIÓN

Vesánicos del Neguev
malditos suicidas de estas tierras
ustedes me han ligado a otro concepto de la muerte.
Yo había huido con el viento Maarabit a otras latitudes
pero un futuro incierto nublaba la herradura.
Había pensado en restituir la casa
en comprar flores amarillas para la última cena
pero ya todo estaba dispuesto.
Desde antes de nacer toda está dispuesto:
nombres, padres, pecados y hasta los más crueles amores
escritos en el pergamino de los días.
Todo estaba hecho;
la mesa, la última conversación, los deberes,
las negaciones de la piedra
antes del canto despavorido de los gallos.
Padre de los desdichados
lejos estoy de ser mala hierba en el campo de trigo,
lejos estoy de ser la traición,
el pecado, la cadena maléfica de los evangelios.
¿Quién hubiese hecho lo que yo llevé a cabo?
¿Quién para esculpir el beso amoroso sobre las mejillas marmóreas?
¿Quién para rechazar los treinta denarios y los húmeros?
Soy la semilla de mostaza de la que habló el evangelista,
los precipicios me producen vértigo
y no hay más placer sobre mis carnes
que sentir el peso de la roldana sobre las ropas.
El apóstol no bebe cicuta,
se ahorca;
era menester mío el ahorcarme
-así estaba escrito-
era menester buscar el eucalipto de las epístolas
el eucalipto al que le colgaban cuatro hojas
para colgar mi cuerpo solitario,
mi cuerpo señalado por la hoguera,
por la mezquindad de la piedra,
por el celo de los otros,
por la bifurcación de los espejos.
Anómalos del verbo
anarquistas de las escrituras
es una bella manía esta de aventurar a la muerte,
una manía constante la del suicidio.
Ahora soy llamado el padre de los suicidas,
¿de algo serviría tanto esfuerzo?
¿acaso me recuerdan más que a los otros?
Los ecos de las antigüedades
saben una verdad que las piedras desconocen;
yo también fui un elegido:
el obelisco, la pirámide, la torre del faro
saben esta historia sollozante,
historia que ahora comparto con los desdichados,
con los desposeídos, con los señalados.
¡Viva el más digno de los doce!
Si había una misión que cumplir
la mía se cumplió con entereza,
como ninguno de los doce la cumpliría.

XXIV

EPISTOLA DE PEDRO
EN EL MONTE DE JERICÓ


Silencio gallo de los tamtamistas
que las negaciones de la piedra ya no existen
y los discípulos cantan entre todos
un himno a la alegría.
Cesa tu canto gallo de los tamborileros
que la muerte ya cruzó el portal del Nazareno
y mi voz no cantará
el No, que tú evocabas a mi suerte.
Detén tu canto pájaro del monte
y enmudece tu serenata oscura;
debo decirle Sí a los escribas
y afirmar las templanzas de la espada
para que mi lengua no repita con el tararear de tantos nones
el paso de la muerte por estas sinagogas.
Calla tu voz músico ciego;
la muerte ha huido a otras geografías,
y llegaste tarde con tu grito espeso
a contradecir lo que está escrito en las estrellas:
le he dicho Sí a la soldadesca de la antigua Roma
y he aseverado frente a todas las mujeres
el sonido de las cosas, el cantar de las chicoras y las piedras.
Sí: yo conozco al Nazareno,
soy discípulo de sus vientos y sus arcas;
sí: yo frecuento al carpintero,
soy alumno de sus bosques y sus ríos,
soy la diminuta piedra
sobre la cual él
edificara su templo y sus estadios.
Ya no acaecerán más crucifixiones
ni despedidas en las orillas del sepulcro,
adiós gallo de los tamtamistas,
guarda tu repicar en los anaqueles del olvido
y cántale ahora a la resurrección de la palabra,
al presente perpetuo
porque el eterno retorno palidece ahora
sobre la bifurcación de los espejos.
Nombrar lo innombrable
y descifrar lo indescifrable
no son cosas del pasado,
guarda tu voz estrofa de los condenados
que yo he gritado Sí con los pulmones de la tierra
y no debo esconderme ante la vergüenza de tu canto.
Cierra tu palmoteo de alas gallo de la noche
yo conozco al poeta de Belén
y he atravesado con él el río de las sombras,
he participado con él
en la revolución de los caminos,
he visto sus milagros, sus esencias
sus misterios y transmutaciones en las orillas de la muerte.
Enmudece tu canto Ave de mal agüero
que este año se han cerrado para siempre los sepulcros
y no hay más crucifixión
que la misma que tú te mereces.

XXV

CARTA DE JOSÉ DE ARIMATEA
A LOS APÓSTOLES


“La muerte es la máscara
suprema de la Vida.”
A. Modigliani


Yo vi la muerte
antes de la crucifixión de mi maestro.
La vi rondando con sus pasos
la quietud de los caminos
y envolver con sus cabellos crispados por el viento
las fisuras de su rostro.
Yo vi a esa hermosa adolescente
transitar los naranjales y ovellones,
desfilar los anchos territorios de la acequia y de las sombras.
Yo sé que mi Señor
se percató de su presencia
¿Cómo no diferenciar el calor de sus leños y sus ropas?
¿Cómo no distinguir su belleza por encima de todas las mujeres?
Yo vi la muerte
desfilando por el valle de Cedrón,
una música distinta,
la vi mecida por la danza de las flores
en las afueras de la luna
y las cabelleras ondulantes de la tierra.
El maestro la miraba,
yo creo que inclusive le sostuvo la sonrisa
¿Qué podía ser peor que la traición del apóstol,
las negaciones de la piedra
o el asesinato de tantos cananeos?
Aun en las horas más adversas
mi Señor era capaz de sonreír.
Así su alma estuviese contristada,
aquella noche levantó sus brazos en señal de regocijo
y disfrutó la lluvia de tijeretes
que seguían descendiendo
por los valles y los ríos de la noche.
Yo vi la muerte
negociando con el Iscariote unos denarios,
vi su rostro infame y bellamente maquillado
en el rostro de Anás, Caifás y los saduceos,
vi sus trampas en el Sanedrín
su resistencia en el madero
y en la hendidura de otras superficies.
Yo vi la muerte
en el lugar que todos conocen como Gólgota o calavera;
EL Espíritu del agua me habló de aquellas intenciones.
Vi la muerte
y creo que era insoportablemente ciega:
-ciega e inclusive testaruda-
yo llegué a llamarla como novia muerta,
como si sus antorchas fueran mías,
como si se tratara de mi madre
o de la dulce volatinera
que yo soñara desde joven.
Pero, ¡no!
ELLA INSISTÍA en abrigar al Nazareno;
necia se trepaba en sus húmeros,
tonta gozaba la corona y sus espinos.
Yo hubiese querido escuchar las campanadas de la muerte,
el trasegar de las trompetas por los caballos de la muerte,
pero tarde he comprendido
que así la bella adolescente sea ciega
nosotros somos lazarillos
que conducimos sus espejos
por los caminos bifurcados de la vida.

XXVI

JUDAS

¿Cuántas crucifixiones habrá de soportar este espejo?
¿Cuántas la imagen de la roldana al borde del árbol?
¿Cuántas veces el juicio,
los treinta denarios de plata
bajo el corcel de los sinos?
Este espirálico sueño
viene y va sobre mis días
como el mar a la piedra
como la ola a la playa
como la gaviota al gigante presidio de la desesperanza.
¿Cuántas veces habré de llorar sal y hojas secas?
¿Cuánto durará este beso en la llaga del carpintero,
la parábola del eterno retorno?
¡Jesús el profeta ha muerto!
“Al madero con él”
gritaron los fariseos, los saduceos
y los escribas al pie de la horca.
¿Cuántos minutos durará esta balanza,
el llanto de Magdalena y la negación de las rocas?
Yo soy Judas,
Tesorero de los doce,
soy Judas y peso mis carnes,
mis treinta denarios, mis números, mi cábala hebrea,
cargo mi cruz porque soy de la noche
y me levanto de tantos calvarios
hacia la tierra prometida.
¿Quién dijo que mi cruz era liviana?
¿Quién dijo que yo no tenía
mi río Jordán, mi Gólgota,
mi lugar de la calavera,
mi cerro de crucifixión,
mi sepulcro donde resucitar
y mi propio ascenso a la luz
después de la muerte?
¡Judas Iscariote ha muerto!
“Al madero con él”
gritó en aquella ocasión
la divina providencia.

XXVII

EL APOCALIPSIS DE DAVID

Ahí viene el hombre distante de la horda
dando gritos despavoridos por la muerte.
Ahí viene el pequeño saltamontes de la tierra
con su piedra, con su honda, con su diminuta espada.
Ahí viene el enano del desierto
destruyendo todo lo que se aventure en su camino.
Ni Hércules, ni Sansón, ni Atila
se asemejan a este pequeño devorador de hombres,
a este ciego de la tarde
que ha destruido con su piedra
al gigante Goliat
en las orillas del crepúsculo y las colinas que rodean a la muerte.
Ahí viene David,
cabalgando sobre un centauro de hojas secas.
En el ánfora de su cabalgadura
viene la cabeza de Goliat, la quijada de Caín,
el cayado de Moisés, los cabellos de Sansón.
Ahí viene el hombre distante de la horda
dando tumbos por los recovecos del desierto.
A una señal suya las ciudades caen como naipes,
a una señal suya se viene exterminando la música del río,
a una palabra suya se aciegan los cantos del árbol
y la exclusión de las quebradas.
Ahí viene el hijo de la piedra
lanzando chispas por los viejos campanarios
viene el hijo de la honda
descifrando en el reflejo del espejo
las impresiones de la lluvia
y el expresionismo de los murciélagos del cosmos.
Ahí viene el hombre distante de la horda
buscando a Betsabé para cerrar con ella
el pacto del último Apocalipsis,
buscando cerrar con ella
la última oportunidad del hommo sapiens
sobre los confines de la tierra.

XXVIII

LA CANCIÓN DE LUCIFER

Mi ídolo de bronce es el abismo
el fuego, las cavernas.
La vida del maldito
-desterrado de la luz y las alturas-
se pendula entre el mal, el bien, lo dionisiaco.
No maldigo de las sombras
no aspiro a las venganzas,
continúo con mi vestidura satánica
instruyéndome en el bien
y solazándome en el mal.
Los más doctos dicen que fui expulsado del espejo,
que mi imagen vagabundea por los laberintos y paradigmas de la muerte.
Pocos saben que conservo mi posición de ángel
que aparezco majestuoso cuando miro mi belleza ante las nubes
que mi sabiduría multiplica la ignominia de los justos
y la nobleza de los desterrados
contagia de belleza a los malditos.
Voy del ascenso al descenso
como el viento que hila los caminos:
no creo en la maldad, en el bien,
en el pasado, en el futuro
pues los cuatro están confinados en las sombras
y las sombras
en el hades de un espejo orbicular.
No maldigo a las alturas
no me duele la caída
hay un punto en que todo deja de ser contradictorio
y nada en este punto se excluye sino que interacciona.
¿Quién ha dicho que el abismo no es la altura?
¿Qué la maldad,- producto de la belleza-,
no es el bien?
¿Que las sombras no son la luz?
¿Que el caído no es el levantado?
Pocos saben que sobrevuelo el infinito,
el paraíso, la manzana,
que mi vestidura de vampiro
me da el elixir de la noche,
que sustraigo del día los frutos del iluminado
y que espero sabiamente el último camino
para empezar mis andanzas
por la otredad, por la vaguedad,
por lo inmensurable,
por lo indefinible.

XXIX

BEELZEBUB DE PALESTINA

Sí, tú eres aquél
príncipe de los infiernos
noble ángel de los desterrados
descifrador de paradigmas escritos en las noches
y multiplicador de diluvios sobre las hogueras de la muerte.
Sí, tú eres aquél
pero cuánto distas de ser
el de aureola destellante,
cuánto distas de la luz
a pesar de sobrecogerte en otra luz
y cuánto de la oscuridad
a pesar de instruirte en otra oscuridad.
Sí, tú eres aquél
ángel o demonio
el que ahora se pasea por los intrincados laberintos
miles de servidores ahora te coronan
se deslizan por la orilla del vasto funeral
sobre una muerte serena que te sobrecoge;
una muerte que se ensancha
como la curva, como los ángulos.
Sí, tú eres aquél
el del paraíso perdido y nunca recobrado
-sobran fuerzas paro no recobrarlo-
tu delicia recae sobre el silencio que viene
sobre la sabiduría humilde que centellea en la noche:
pensamiento que se dibuja como una barca
en el océano de los afligidos.
Sí, tú eres aquél
-gozas con este distintivo-
una estrella de hojas
reposa en tu frente de hiedra quemada
y vagas por el mundo
igual que otro iluminado
restituyendo el camino para los menos doctos
y provocando, a partir de tu imagen alucinante,
la animadversión a las olas ardientes de tu precipicio ,
a la tierra despreciable de los infiernos.

XXX

LA VISIÓN DE MOLOCH

¡Desgracia a los habitantes de la Tierra!
Arremetió el maligno del infierno
mientras veíamos discurrir
las hondas guerras del desierto
por los pasajes de la arena
y sus cóleras inflamadas.
¡Desgracia! ¡Desgracia!
Los pájaros de fuego
-encorvados por la cabellera elástica del cosmos-
surcaban los laberintos electromagnéticos del éter
y soltaban por doquier
su huevo de ira y uva venenosa
desvertebrando como un soplo
el país de los cedros y los pinos.
Por entre los montes de Armenia y el Golfo Pérsico
-en donde alguna vez se situó el paraíso-
vaga ahora, desde la época de las lunas crecientes,
el hijo de la noche.
Bañado por el Tigris, el Eufrates, el Nilo y el Pisón
-revestido como lo que fue, antes de la rebelión y la caída-
el maligno del infierno
se pasea con sus tentáculos de muerte,
con sus hiedras vengativas y siniestras
destruyendo todo lo que aventure por el mundo.
¡Desgracia a los habitantes de esta Terra!
Vocifera con la fuerza de los acantilados
y las voces enhiestas de las rocas.
Una cohorte de fantasmas
le secundan en el canto,
un séquito de hombres
le tributan con aceites.
Desde Aurán hasta California ,
desde las torres reales de la gran Seleucia
hasta las bocas cerradas del Mississippi
se pasea el maligno del infierno
por las llanuras volátiles de Proserpina.
Sus principados y potestades
se doblegan como ramas
al paso majestuoso de los falsos evangelios.
Sus columnas de humo y fuego
continúan tatuándose en la tierra
como una señal de insólitos presagios
mientras la noche se retuerce
al florecer del hongo radioactivo
y el hombre
evocando la memoria de la Sodoma de los moabitas
queda prendido al viento
como la estatua del Apocalipsis,
la torre de sal de los últimos sepulcros.

XXXI

EL HOMBRE

Mashiaj es mi Pastor
nada me falta.
Me sobrarán las frutas, las hojas, las veletas,
las esferas que transitan por el éter,
el poema que crece silencioso
en el árbol prohibido y permisivo de la noche.
Mashiaj es mi Pastor
nada me falta.
Me supliré de las cosas que circundan por el mundo:
los cantos, las quebradas, las orillas
y recostaré mi espalda
sobre las piedras del desierto,
contemplaré el vuelo estrepitoso de los ríos
sobre el lienzo claro-oscuro de los valles.
En la época en que escasee la vida
Y Satanás se levante como un himno en la baraja
Mashiaj me surtirá de la frescura:
caminaré desnudo por el cosmos
como una estrella más del infinito
como un cometa sobre el lienzo luminoso de la muerte.
Y vendrán la fama y la derrota
como dos hermanas, hijas de calíope,
y no les temeré
ni huiré de ellas
porque suyo es mi pecho
que discurre como el agua
y suyo es mi paladar
que saborea la caída.
Mashiaj es mi Pastor
nada me falta;
los tres días de oscuridad
me harán reflexionar sobre las sombras;
las hormigas diminutas del desierto
no roerán un céntimo de aire,
la destrucción de las ciudades
no oscurecerán el diario florecer
de las lluvias y los astros;
y vendrá la luz con sus velos y sus danzas
-acaso mi ceguera se nutrirá de estas canciones-
y mi espada se surtirá de sus cabellos
rompiendo el abismo hacia la tierra prometida.

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Acerca del autor

Biobibliografía

WINSTON MORALES CHAVARRO Neiva-Huila, 1969. Comunicador Social y Periodista. Magíster en Estudios de la Cultura, mención Literatura Hispanoamericana, Universidad Andina Simón Bolívar, Quito. En la parte literaria ha ganado los concursos de Poesía Organización Casa de Poesía 1996; José Eustasio Rivera 1997 y 1999; Concursos Departamentales del Ministerio de Cultura 1998; Concurso Nacional de Poesía “Euclides Jaramillo Arango”, Universidad del Quindío, 2000; Segundo premio Concurso Nacional de Poesía “Ciudad de Chiquinquirá” en el 2000; Concurso Nacional de Poesía Universidad de Antioquia, en el 2001; Tercer Lugar en el Concurso Internacional Literario de Outono, de Brasil. Primer y único Premio en la IX Bienal Nacional de Novela José Eustasio Rivera. Primer Puesto en el Premio Nacional de Poesía Universidad Tecnológica de Bolívar, Cartagena, 2005. Ganador de una residencia artística del Grupo de los tres del Ministerio de Cultura, Colombia, y el Foncas, de México, con su proyecto: Paralelos de lo invisible: Chichén Itza-San Agustín. Finalista en varios concursos de poesía y cuento en Colombia, España y México. Fue Director editorial-fundador del Periódico Neiva y es co-director de la revista Índice de Literatura, miembro del Consejo editorial de la revista de literatura Puesto de Combate-Bogotá, director de la Revista Hojas Sueltas-Neiva, Corresponsal de la revista de literatura Alhucema-España Ha publicado los libros de poemas Aniquirona-Trilce Editores 1998; La Lluvia y el ángel (Coautoría)-Trilce Editores 1999; De Regreso a Schuaima, Ediciones Dauro, Granada-España 2001; Memorias de Alexander de Brucco, Editorial Universidad de Antioquia-2002; Summa poética, Altazor Editores, 2005, y la novela Dios puso una sonrisa sobre su rostro. Poemas suyos han aparecido en revistas y periódicos de Colombia, España, Venezuela, Italia, Estados Unidos, Argentina, Puerto Rico y México. Ha participado en el Primer Festival de Cultura Colombiana en Milán-Italia, celebrado en Octubre de 2000; en la V Feria Binacional del Libro en San Cristóbal-Venezuela en el 2002; en el Encuentro Internacional de Escritores en el Caribe, Playa del Carmen-México, 2002 y 2004, Encuentro Internacional de Escritores en Zamora-México, 2005, y en los Festivales Internacionales de Poesía de Medellín, Manizales y Pereira. Invitado al Festival de Poesía “Alzados en Almas” de la Casa de Poesía Silva en el 2001, al Encuentro Internacional de Escritores de Lima-Perú, 2005, y al Encuentro Nacional de Escritores, Ibagué en Flor, 2006. En la actualidad se desempeña como profesor de tiempo completo en la Universidad de Cartagena, Bolívar, Colombia.